Nazareth

NAZARETH 

Basílica de la Anunciación, 25 de marzo, 2000 : Homilía de Juan Pablo II

He aquí a la sierva del Señor ;
hágase en mi según tu palabra
” ( El Angelus )

Su Beatitud,
Hermanos Obispos,
Padre Custos,
Queridos Hermanos y Hermanas,

1. 25 de marzo del año 2000, la Solemnidad de la Anunciación en el Año del Gran Jubileo: en este día los ojos de la Iglesia entera se vuelven a Nazaret. He añorado regresar al pueblo de Jesús, para sentir de nuevo, en contacto con este lugar, la presencia de la mujer de quien San Agustín escribió: “Él escogió a la madre que había creado; él creó a la madre que escogío” (Sermo 69, 3,4). Aquí es especialmente fácil entender porqué todas las generaciones llaman a María bienaventurada (cf. Lc2:48).

2. Estamos reunidos para celebrar el gran misterio aquí consumado hace dos mil años atrás. El Evangelista Lucas sitúa claramente el evento en tiempo y lugar: En el mes sexto, fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David…el nombre de la virgen era María” (Lc 1:26-27). Pero para entender qué sucedió en Nazaret hace dos mil años, tenemos que volver a la Lectura de la Carta de los Hebreos. El texto nos permite, por así decirlo, de escuchar una conversación entre el Padre y el Hijo respecto á los designios de Dios desde toda la eternidad. “No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo. Los holocaustos y sacrificios por el pecado no los recibiste. Entonces yo dije…‘Heme aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad” (10: 5-7).

La Carta a los Hebreos nos dice que, en obediencia a la voluntad del Padre, la Palabra Eterna vino a nosotros para ofrecer el sacrificio que sobrepasa todos los sacrificios ofrecidos bajo la vieja Alianza.

El designio divino se revela gradualmente en el Antiguo Testamento, particularmente en las palabras del Profeta Isaías que acabamos de escuchar: “El Señor mismo os dará por eso la señal: He aquí grávida da a luz, y le llama Emmanuel” (7:14). Emmanuel – Dios con nosotros. En estas palabras, el evento sin igual que iba a ocurrir en Nazaret en la plenitud de los tiempos estaba profetizado, y ese evento es el que celebramos aquí con intenso gozo y alegría.

3. Nuestra Peregrinación Jubilar ha sido una jornada del espíritu, que comenzó siguiendo los pasos de Abraham, “nuestro padre en la fe” (Canon Romano; Rom 4:11-12). Esa jornada nos ha traído hoy a Nazaret, donde nos encontramos con María, la fidelísima hija de Abraham. Es María, la que puede, por encima de todos, enseñarnos lo que significa vivir la fe de “nuestro padre”. En muchos aspectos, María es claramente diferente a Abraham; pero en un aspecto muy profundo “el amigo de Dios” (cf. Is 41:18) y la joven mujer de Nazaret son muy parecidos.

Ambos recibieron una maravillosa promesa de Dios. Abraham, era de ser el padre de un hijo de quién procedería una gran nación. María, era de ser la Madre de un Hijo que sería el Mesías, El Ungido. “!Escucha!”, le dice Gabriel, “Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo…y le dará el Señor Dios el trono de David… y su reino no tendrá fin” (Lc 1:31-33).

Para ambos, Abraham y María, la divina promesa viene como algo completamente inesperado. Dios irrumpe en sus vidas diarias, y trastoca el ritmo establecido y las expectativas convencionales. Para ambos Abraham y María, la promesa parece imposible. Sara, la esposa de Abraham, es estéril, y María aún no se ha casado: “¿Cómo podrá ser esto”, pregunta, “pues yo no conozco varón?” (Lc1:34).

Así como a Abraham, a María se le pide que diga que sí a algo que nunca antes había sucedido. Sara, es la primera de las mujeres estériles en la Biblia que concibe por el poder de Dios, así como Isabel será la última. Gabriel habla de Isabel a María, para darle tranquilidad: “E Isabel tu parienta, también ha concebido un hijo, en su vejez” (Lc1:36).

Así como a Abraham, María tiene que caminar en la obscuridad, y confiar simplemente en Aquél que la llamó. Sin embargo, su pregunta, “¿Cómo podrá ser esto?”, sugiere que María, no obstante sus temores e incertidumbres, está dispuesta a decir que sí. María no pregunta si la promesa es posible, sino cómo se consumará. No sorprende, por tanto, cuando finalmente pronuncia su fiat: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1:38). Con estas palabras, María se hace ver como hija verdadera de Abraham, y se convierte en la Madre de Cristo y la Madre de todos los creyentes.

5. Para comprender con mayor profundidad este misterio, es necesario mirar hacia atrás por un momento, a la jornada de Abraham y cuando éste recibió su promesa. En el momento en que recibió en su casa a esas tres figuras misteriosas (cf. Gén 18:1-15), y le ofreció a ellos la adoración debida a Dios: tres vidit et unum adoravit . Ese encuentro misterioso presagia la Anunciación, cuando María es poderosamente atraída en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. A través del fiat que María pronunció en Nazaret, la Encarnación se convirtió en la consumación maravillosa del encuentro de Abraham con Dios. De tal forma que, siguiendo en los pasos de Abraham, hemos venido a Nazaret a cantar las glorias de la mujer “a través de quien la luz se alzó sobre la tierra” (Himno Ave Regina Caelorum).

6. Pero también hemos venido a suplicar con ella. ¿Qué podemos pedir nosotros, los peregrinos en el camino del Tercer Milenio Cristiano, de la Madre de Dios? Aquí en este pueblo de Nazaret, que el Papa Pablo VI llamó en su visita “la escuela del Evangelio”, en donde “aprendemos a mirar y a escuchar, a reflexionar y a penetrar el profundo y misterioso significado de la muy simple, muy humilde y muy hermosa aparición del Hijo de Dios” (Discurso en Nazaret, 5 de enero 1964). Yo oro, primeramente, por una gran renovación de la fe en todos los hijos de la Iglesia. Una renovación profunda de la fe: no una actitud general de vida solamente, sino una consciente y valiente profesión del Credo: “Et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virigine, et homo factus est .”

En Nazaret, donde Jesús “crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2:52), yo le pido a la Sagrada Familia que inspire a los cristianos a defender la familia contra las numerosas amenazas que incumuben sobre su naturaleza, su estabilidad y su misión. A la Sagrada Familia le confío los esfuerzos de los cristianos y de todos aquellas personas de buena voluntad a defender la vida y promover el respeto de la dignidad de todo ser humano.

A María, la Theotókos, la excelsa Madre de Dios, le consagro las familias de Tierra Santa, las familias del mundo.

En Nazaret, donde Jesús comenzó su vida pública le pido a María que ayude a la Iglesia, en todas partes, a predicar “la buena nueva” a los pobres, como Él lo hizo (cf. Lc 4:18). En este “año de gracia del Señor”, a ella le pido que nos enseñe el camino de la humilde y gozosa obediencia al Evangelio en el servicio a nuestros hermanos y hermanas, sin preferencias y prejuicios.

“Oh Madre del Verbo Encarnado, no desprecies mis peticiones, pero en tu misericordia escucha y respóndeme. Amén”. (Memorare).